Ostras y chimichurri (O mi Fin de Año con Mariah Carey)


Llega Mariah Carey a mi casa, medio borracha como siempre. Trae un paquete con ostras para comer hasta reventar, como le gusta a ella. -¿Las pongo en la heladera?- le pregunto, y me dice que si, y que le prepare un Gin tonic. Como a una diva no se le dice jamás que no, abro mi Gin marca Burnett que conseguí en Jumbo a 30pe (apurensé, todavía hay) y saco del freezer mi cubetera Titanic, llena de hielo.

-¿En qué vaso va el Gin Tonic, tenés idea?– le pregunto.

Y ella, que es tan pícara, balbucea algo que termina con la palabra “biggest”, que en español significa “en el más grande”.

Ahora está sentada en mi sillón, despatarrada como Martha Sanchez en videoclip, y no es precisamente de las chicas que se ofrecen a ayudarte a servir la mesa. Agarra el vaso con las dos manos, porque tiene miedo chorrearse y porque le hice caso y se lo puse en uno bastante grande, tipo bailanta.

De repente se corta la luz. Mariah Carey lanza una carcajada. Me dice que la última vez que estuvo en un corte de luz fue cuando era chiquita y pasó por Estados Unidos un huracán. “Qué realidades tan diferentes de la multiculturalidad”, reflexiono con cara de Jaime Baily, y me ilumino con una linterna chanchito hasta la cocina. Mientras se escucha el “oink oink”, llego hasta la heladera. Le traigo las ostras, servidas en una bandeja con forma de ¡ostra! que hice traer de Hong Kong especialmente para ella. Está chocha, me mira y me sonríe. Me pregunta qué salsas tengo para ponerles. Me fijo en la penumbra: criolla, chimichurry y tempura. Trata de decir chimichurry, pero dice algo así como “tzimi-tzurri”. Se ríe. Nos reímos.

Le digo que me parece que las ostras van a quedar mejor con tempura, pero ella insiste con el tzimi-tzurri. De repente, el comedor se ilumina de colores: es la luz de los fuegos artificiales que rebota en mis paredes y que indica que ya son las doce.

Mariah Carey se para como puede, con el vaso de gin en una mano, y mientras brindamos, se pone a cantar el Auld Lang Syne. Con la otra, hace los gestos de cantante que hacen las cantantes como Mariah Carey cuando cantan. La escucho atentamente mientras afuera explota el mundo: los perros ladran, las alarmas de los autos se activan, se escuchan sirenas de bomberos, algún boludo se descorcha un ojo, choferes de bondis revientan sus bocinas, y yo sólo tengo oídos para ella.

Cuando termina, me dice “Happy new year, baby” y hace un gesto como de rapera, que para los que la conocemos bien, es su forma de decir “te quiero”. Se me llenan los ojos de lágrimas por el gesto. Es que a la reina de la canción melosa, a veces le cuesta expresar sus sentimientos y lo hace con gestos de rapera. Se sienta y me pide más Gin Tonic y más tzimi-tzurri. A mí me parece que le puede caer mal, pero no le digo nada y le sirvo. Porque a una diva no se le dice jamás que no, y menos en Año Nuevo.